Opinión

El fin de la globalización ingenua

26 de junio de 2016
El fin de la globalización ingenua

Por Eduardo Blasina para El Observador

La coincidencia de la guerra de las Malvinas y el derrumbe de las dictaduras socialistas en los años 80 marcó el ocaso de los sistemas dictatoriales en Occidente y la llegada de la una globalización ingenua simbolizada por la caída del muro de Berlin por un lado y el retorno demiocrático de la mayoría de América Latina por otro. En el plano intelectual un proceso descripto como  El fin de la historia por Francis Fukuyama. Quedaba históricamente demostrado que la economía de mercado creaba más riqueza que el socialismo y que el sistema democrático permitía una mejor convivencia que las dictaduras de cualquier signo. El islamismo era apenas una fuerza perdedora medieval e intrascendente que no incidía.

Esta semana el radicalismo islámico logró una victoria soñada. Generó un tsunami de inmigrantes que conmocionó a la comunidad y le amputó un miembro fundamental. Por supuesto que el fenómeno es pluricausal. Pero el ISIS y Al Qaeda supieron generar una situación caótica que ha dividido Europa.

Al regreso de la democracia la globalización parecía una historia hippie de paz y amor. Caía el muro de Berlín, terminaba la guerra fría, la paz tenía su chance.

Esta lógica tuvo su punto culminante en los acuerdos de Oslo. Palestinos e israelíes bajo el sponsoreo de los liberales demócratas de Bill Clinton lograban sellar la paz de un conflicto milenario. La utopía de la paz y el amor estaban al alcance de la mano.

Pero los islamistas radicales hacían volar ómnibus civiles en Israel alterando a la opinión pública.  Isaac Rabin fue asesinado, Yasser Arafat murió dudosamente y la lógica del fundamentalismo se fue instalando en Medio Oriente. En ese espiral que se venía cocinando a fuego lento desde la revolución islámica de Irán por un lado y los petrodólares suníes por otroo, el atentado a las Torres Gemelas en 2001 marcaba la lógica política del siglo XXI. Los palestinos seguían sin patria, el islam sin Jerusalén, y los fundamentalistas con capacidad de golpear en el corazón del enemigo. Si bien la invasión a iraqdescartó la vigencia de la globalización ingenua tuvo un reverdecer con  la irrupción de la primavera árabe.

El copamiento de la primavera árabe por los grupos ultra radicales y el genocidio que vienen llevando adelante han logrado generar por primera vez en la historia terror masivo y la Unión Europea fue tomada por sorpresa ante un fenómeno demográfico inédito. El mundo tiene hoy más refugiados que nunca y la generosidad europea ha salido cara.

El colapso del mundo árabe desató una bien planificada estampida de inmigrantes hacia Europa el mayor shock cultural para Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Esa falta de reacción, esa pérdida de control sobre las fronteras ha determinado que la mayoría de los ciudadanos británicos haya preferido recuperar la autonomía y el pleno control de sus fronteras insulares.Agreguese a eso los atentados en la propia Bruselas y en París y el cóctel electoral sazonado por los radicales quedó pronto. Han interrumpido un experimento social de conviviencia.  El mundo se suponía iria a bloques de integración regional cada vez más grandes hasta ser un gran mercado común y –diría Fukuyama- fin de la historia. Pero no.

El regreso del nacionalismo, de las fronteras, de la desconfianza es un hecho. No solo tiene una raíz cultural. Algo ha fallado en los procesos de integración, tanto la Unión Europea como el Mercosur. La integración regional se convirtió en un corset en el relacionamiento con el resto del mundo. Tanto en esta región como en Europa la pérdida del derecho individual de un país de acordar con otro país fue un grave error que seguramente será revisado por ambos bloques.

Ese puede ser el principal cambio que traiga la salida de Gran Bretaña para Uruguay y todo el Mercosur. Los acuerdos bilaterales pueden verse ahora desatados. Brasil ya lo está planteando y esa puede ser una de las grandes correcciones en el funcionamiento de los bloques de integración a futuro, si es que logran sobrevivir.

En vísperas de una negociación Mercosur/Unión Europea la salida de los británicos seguramente pone paños fríos. Todo será más lento y habrá que esperar a que nuestro preciado cupo Hilton no se vea recortado ante una reducción del tamaño de la UE. Por otra parte una nueva etapa de negociación con el Reino Unido comienza. En otros tiempos grandes compradores de carne vacuna.  Serán ahora más abiertos? O será el Brexit el anticipo de una nueva ola de proteccionista.  Los bloques corset han terminado. La soberanía de las naciones sigue contando. El acuerdo de libre comercio con la Unión Europea puede demorarse, pero los acuerdos con China y con países del Pacífico tienen la oportunidad de acelerarse.

Quienes consideramos a Europa como un faro de humanismo, un territorio que tras la Segunda Guerra Mundial mostró muchos rasgos maravillosos en términos de construcción de paz, tolerancia y riqueza no podemos evitar entristecernos ante esta mutilación de la comunidad.Es el funeral de una globalización ingenua. En contrapartida no podemos pasar por alto un gran avance de América Latina con el fin de la guerrilla en Colombia.

Una integración más abierta y flexible a los acuerdos comerciales de quienes los integran y mantener a las sociedades libres de violencia fundamentalista parecen las claves para que la globalización como encuentro de pueblos diversos no se detenga. Y para que la oportunidad uruguaya sobreviva a la tormenta.

Esta semana en El País de Madrid realizó una crónica desde un pequeño pueblo de pescadores comparable en cierta forma a un Piriápolis de Uruguay, ubicado en Holanda. Una de las zonas donde el independentismo cosechas más adhesiones.

La localidad holandesa se llama Volendam. Este pueblo apacible describe El País de Madrid tiene canales, queserías, zuecos de madera y japoneses que sacan fotografías. Allí está el boliche de los pescadores,Praathuis, “una encantadora casita de madera, dedicada explícitamente a la “conversación”, donde Cornelius y otros pescadores se juntan para charlar al pie del muelle” Allí empezamos a entender el descontento de tantos europeos. “Queremos protestar, queremos que se enteren los políticos de La Haya de que estamos hartos de que nos ignoren”, dice Cornelius. La pesca ya no abunda como antes. Ellos, con 12 años se iban a la mar. Ahora con 23, sus hijos buscan todavía trabajo.

Casi el 35% de la población votó al candidato anti islámico GeertWilders en las elecciones al parlamento europeo (2014) en Volendam, muy por delante de cualquier otro partido. Aquí no hay apenas inmigrantes ni rastro de los supuestos estragos de la multiculturalidad contra la que batalla el PVV. Pero precisamente por eso votan al político de melena oxigenada. Porque los pescadores que se patean el país vendiendo su género dicen que no quieren que su ciudad acabe como Rotterdam o Ámsterdam, con chicas con hiyab por la calle y chavales magrebíes echando el día en los parques. El suyo como el de millones de europeos es un voto preventivo y conservador en el sentido más literal. Quieren preservar su preciado estilo de vida.

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